Hijos
Siempre me he quejado a lo largo de mi vida de haber tenido un padre (unos padres) demasiado severo. Es lo propio de la época que te tocó vivir, me decían. Pero yo no acababa de asimilarlo. Ello, como es lógico, interpuso un surco entre nuestros caminos que acabó por convertirse en distancia, a veces insalvable, que nos alejó en vida. Hay estelas que son bastante difíciles de retomar.
Hoy con un buen trecho de vida ya transitado aprecio en su justa medida lo que a mi padre (a mis padres) les tocó lidiar. Puede ser que se equivocaran en muchas cosas, quién no, pero sabían a ciencia cierta lo que querían de sus hijos y qué valores había que inculcarles para que tuviesen oportunidades de conseguirlo. Aunque a veces pudieran ser considerados demasiado duros.
A él (a ellos) y a su sacrosanta paciencia le debo ese orgullo de pertenencia a la estirpe de quienes consiguen lo poco o mucho que logran en la vida a base de esfuerzo y sin deberle nada a nadie. Con ocho hijos en una casa en la que apenas cabían tres sin apreturas, el cariño hay que repartirlo con cuentagotas. Y no es nada fácil ser equitativo y justo. Y ellos lo fueron.
Me gustaría poder afirmar que he sido capaz de transmitir los mismos valores a mis hijos que ellos me legaron a mí. Los tiempos eran otros, muy distintos, pero los problemas, tan cíclicos, no creo que hayan sido tan diferentes. Sin embargo, he de confesar que no lo sé con certeza y, estoy seguro, que de no haberlo conseguido es una culpa exclusivamente mía. Por dejadez y por un craso error de concepto.
Me trae a cuento esta reflexión dos excepcionales artículos aparecidos hoy en la web. Caprichos, de Paco Sánchez, y Reino Unido, el nuevo enfermo de Europa, de Iñigo Sáenz de Ugarte. En ambos se habla de padres, de educación, y de las consecuencias que suelen acompañar a su ausencia.
Confundimos con demasiada frecuencia el cariño con el consentimiento, la tolerancia con el abandono, el no establecer líneas divisorias en un mundo tan cuadriculado sin prever que suele tener fatales consecuencias futuras. Queremos ser tan buenos padres que a menudo nos convertimos en los peores. Y son ellos quien al final lo sufren y lo pagan, irremisiblemente. Y para nosotros se quedan la pena y el arrepentimiento.